La basura se acumula en una esquina de La Habana, Cuba, el martes 24 de septiembre de 2024. (Foto AP/Ramón Espinosa)
La realidad operativa de Cuba ha ingresado en una fase de degradación sistémica que excede las cíclicas dificultades de su economía planificada. El reporte de un déficit energético que apaga simultáneamente al 59% del territorio nacional —con picos históricos recientes que alcanzaron el 70% de desconexión general— no representa un evento coyuntural, sino el síntoma del colapso definitivo del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). Este escenario de parálisis, que mantiene a zonas de La Habana bajo cortes de suministro de hasta 22 horas diarias, convive con una crisis de saneamiento urbano visible en la acumulación de residuos y aguas estancadas en las principales capitales de la Isla, configurando un escenario de vulnerabilidad social extrema en este 2026.
Las variables ocultas de la matriz energética cubana
Para comprender la dimensión de la parálisis actual, es necesario analizar la anatomía del mix energético de la Isla, cuya dependencia tecnológica y logística presenta fallas en todas sus líneas de abastecimiento:
- Averías y obsolescencia termoeléctrica: El 40% de la generación depende de centrales termoeléctricas que procesan crudo nacional de alta densidad. Actualmente, ocho de las 1 unitades de generación del país se encuentran fuera de servicio por roturas estructurales o mantenimientos postergados, producto de la falta de divisas para adquirir repuestos específicos.
- Asfixia de la generación distribuida: Otro 40% de la energía se sustenta en motores de generación que requieren diésel y fueloil importados. La contracción en los envíos de los aliados estratégicos tradicionales (como Venezuela) y las dificultades financieras de la estatal Unión Eléctrica (UNE) para operar en el mercado spot internacional han dejado desabastecida esta segunda línea de contención.
- La brecha entre oferta y demanda: Con una demanda máxima estimada en 3.200 megavatios (MW) y una capacidad de generación efectiva de apenas 1.355 MW, la brecha estructural supera los 1.800 MW. Los analistas independientes calculan que la recuperación integral del SEN requeriría una inyección de capital de entre 8.000 y 10.000 millones de dólares, una cifra inaccesible para los niveles actuales de reservas del Banco Central de Cuba.
El quiebre del tejido social y el retiro del Estado
El impacto del desabastecimiento energético derrama de forma directa sobre la infraestructura sanitaria y alimentaria. La parálisis del transporte por falta de combustible interrumpió los circuitos de recolección de residuos, transformando las esquinas de La Habana, Santiago de Cuba y Holguín en vertederos a cielo abierto. Este deterioro ambiental coincide con un fenómeno sociodemográfico alarmante: la expansión de la búsqueda de sustento en los contenedores de basura urbanos por parte de diversos sectores de la población.
Historiadores y analistas locales vinculan este indicador con el desmantelamiento fáctico de la libreta de abastecimiento, el histórico esquema de racionamiento estatal que garantizaba niveles mínimos de calorías a la población y cuya parálisis actual empuja a los sectores más vulnerables a la informalidad extrema o a la dependencia de remesas extranjeras. Las tensiones derivadas de la falta de luz, la escasez de agua potable y el deterioro habitacional han comenzado a perforar los mecanismos tradicionales de control social del régimen, registrándose pequeñas protestas territoriales, cacerolazos y la quema de contenedores como canalización del descontento en un escenario de extrema tirantez política.

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