28 agosto, 2026

De precandidato a escudo: los motivos del PJ cordobés para blindar a Quinteros

El femicidio de Agostina Vega desató una profunda crisis institucional que impacta directamente en la línea de flotación del Gobierno provincial. A pesar de los pedidos de remoción por parte de la oposición, el gobernador Martín Llaryora optó por sostener al ministro de Seguridad como contención política ante el malestar social.

La decisión del Poder Ejecutivo de mantener en su cargo al ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, responde a una histórica lógica de supervivencia y control de daños implementada por el peronismo cordobés durante sus casi tres décadas en el poder. Ante la conmoción nacional por el crimen de la adolescente de 14 años, el Centro Cívico de Córdoba centralizó la estrategia comunicacional en el Ministerio de Gobierno y clausuró cualquier posibilidad de cambios en el gabinete. Los motivos detrás de este blindaje radican en la necesidad de evitar que el costo político escale directamente hacia la figura de Martín Llaryora, utilizando la alta exposición de Quinteros como un dique de contención —o pararrayos— frente a los duros cuestionamientos del arco opositor, que reclama de forma unánime la remoción del funcionario.

Las causas del severo desgaste que sufre la cartera de Seguridad combinan fallas en la contención civil con las derivaciones políticas del perfil del único acusado. Por un lado, la familia de la víctima reprochó públicamente al ministro la falta de acompañamiento personalizado durante los siete días de búsqueda y la filtración de datos oficiales a los medios de comunicación antes que a los allegados; una desatención que motivó un inédito pedido de disculpas por parte de Quinteros durante una reunión privada nocturna en el Panal con los abuelos de la menor. Por el otro, la indignación social se incrementó al revelarse que el detenido, Claudio Barrelier, se desempeñaba como empleado de la Municipalidad de Córdoba, habiendo sido incorporado durante la anterior intendencia de Llaryora bajo el padrinazgo político del concejal Ricardo Moreno, referente de las 62 Organizaciones Peronistas.

Este entramado de contrataciones estatales y militancia territorial es el factor que más irrita a la opinión pública, transformando un hecho policial en una crisis de praxis política que salpica tanto a la gestión provincial como al actual intendente capitalino, Daniel Passerini. Al ratificar a Quinteros, el oficialismo busca ganar tiempo y apelar a la histórica resiliencia del justiciualismo local para surfear crisis complejas, como las acontecidas en las administraciones de José Manuel de la Sota o Juan Schiaretti. No obstante, la gravedad del caso siembra un manto de duda sobre el futuro del ministro, cuyo diseño de gestión basado en el alto perfil y la firmeza territorial queda severamente condicionado de cara a sus aspiraciones para disputar la intendencia de la ciudad de Córdoba.