28 agosto, 2026

El costo de no ser pobre: la inflación cede al 2,1% pero la canasta roza los 1,5 millones

El INDEC informó una inflación del 2,1% para mayo, ratificando una tendencia a la baja en el índice general. Sin embargo, los alimentos se movieron por encima del promedio y fijaron la línea de la pobreza al borde de los 1,5 millones de pesos, exponiendo la persistente brecha entre las metas macroeconómicas y el bolsillo familiar.

La consolidación del proceso de desaceleración de los precios minoristas, que ubicó la inflación de mayo en un 2,1%, convive con un umbral de consumo cada vez más restrictivo para la estructura social de los hogares. Según los últimos registros del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el índice general de costo de vida mantuvo el sendero descendente iniciado el mes anterior. Sin embargo, la lectura lineal de este indicador macroeconómico suele perder de vista la persistencia de una inercia de fondo en los bienes de primera necesidad, los cuales continúan encareciendo las condiciones mínimas de habitabilidad y empujando a los sectores de ingresos medios y bajos hacia los límites de la vulnerabilidad socioeconómica.

La complejidad del escenario actual se evidencia en el comportamiento de los indicadores específicos de indigencia y pobreza, cuyos incrementos mensuales volvieron a prender alarmas técnicas. La Canasta Básica Total (CBT), que mide el acceso a servicios esenciales como vivienda, transporte, salud y educación, registró una variación del 2,0%, lo que elevó el piso de ingresos necesarios para que una familia tipo de cuatro integrantes no caiga en la pobreza a la histórica cifra de $1.498.741. Por su parte, la Canasta Básica Alimentaria (CBA) sufrió una presión aún mayor al registrar un salto del 2,4%, obligando a ese mismo núcleo familiar a disponer de al menos $681.246 exclusivamente para cubrir sus necesidades nutricionales básicas y evitar la indigencia.

El trasfondo de esta dinámica dual expone el fuerte impacto que sostienen las variaciones interanuales, que se ubicaron en un 36,2% para la CBT y un 34,9% para la CBA. Aunque el porcentaje mensual parezca controlado, el acumulado histórico de arrastre consolida un encarecimiento estructural del costo de vida que erosiona de forma constante el poder adquisitivo de los salarios. De esta manera, el aparente éxito estadístico que exhibe la baja del índice de precios al consumidor convive con una realidad donde sostener una canasta de subsistencia se transforma en un desafío logístico para las familias, demostrando que la estabilidad nominal de la economía todavía no se traduce en un alivio real para la economía doméstica.