Mature adult man with depression sitting on sofa at home
Un estudio de la Universidad Nacional de Córdoba expuso un deterioro emocional sostenido que supera los registros de la crisis de la década de 1990. El desempleo, el estrés económico por ingresos insuficientes y la falta de trayectorias educativas consolidan un escenario de vulnerabilidad que impacta con mayor severidad en las mujeres.
El preocupante incremento del malestar psicológico en la población de la ciudad de Córdoba responde a un fenómeno estructural donde las condiciones materiales de vida configuran el principal vector de vulnerabilidad emocional. De acuerdo con el relevamiento desarrollado por un equipo interdisciplinario de la Universidad Nacional de Córdoba ($UNC$), más del 15% de los adultos cordobeses registra niveles altos o muy altos de padecimiento subjetivo, mientras que el indicador promedio trepó a los 23,6 puntos, superando las marcas críticas obtenidas en las mediciones de 1993 y 1998. Los motivos de este deterioro no remiten a patologías psiquiátricas de origen clínico, sino al modo en que el tejido social percibe y asimila el impacto de la vida cotidiana bajo condiciones de fuerte inestabilidad e incertidumbre.
Las causas de esta tendencia exponen una relación directa con el denominado «estrés económico» y la degradación del mercado laboral. El informe de la casa de altos estudios determinó que el desempleo genera picos de malestar, pero alertó que el trabajo informal o precarizado arroja índices idénticos de afectación, lo que demuestra que la falta de calidad y estabilidad en el empleo daña la salud mental tanto como la desocupación. A este panorama se suma el factor educativo como una variable de protección desigual: mientras que el menor nivel de escolaridad potencia la angustia ante la falta de horizontes, las personas con estudios de posgrado exhiben una mayor resistencia psicológica, lo que ratifica cómo las asimetrías de origen condicionan la capacidad individual para afrontar las crisis de ingresos.
El trasfondo de esta investigación visibiliza un sesgo de género estructural que sitúa a las mujeres en el eslabón más vulnerable de la cadena social. Los registros evidencian que el sector femenino padece índices de afectación superiores debido a la acumulación de desigualdades históricas asociadas a la brecha salarial, la precarización y la sobrecarga no remunerada de las tareas de cuidado doméstico. Al consolidarse este escenario, el estudio concluye que las redes de contención afectiva y familiar funcionan como el último dique de contención frente al colapso emocional; sin embargo, advierte que si los determinantes socioeconómicos de base continúan deteriorándose, la saturación del balance psíquico de los hogares terminará por neutralizar los mecanismos comunitarios de autodefensa.

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