Por primera vez en décadas, la economía argentina quebró su histórica restricción externa de divisas gracias a exportaciones récord, superávit comercial de USD 28.300 millones y el impulso energético. Sin embargo, el esquema de ancla cambiaria y contracción monetaria no logra traducir la abundancia de dólares en demanda interna, dejando un saldo de empleo en retroceso y salarios absorbidos por costos fijos.
Durante más de medio siglo, los ciclos de crecimiento de la economía argentina encontraron un límite infranqueable en la restricción externa: la falta de divisas provocaba devaluaciones, aceleración inflacionaria y recesión. Sin embargo, la coyuntura de 2026 expone un fenómeno inverso. El país registra términos de intercambio cerca de máximos históricos, exportaciones proyectadas en más de USD 101.000 millones, un superávit comercial de USD 28.300 millones y un aporte energético que roza los USD 14.000 millones, lo que permitió al Banco Central acumular más de USD 14.000 millones en reservas en el año.
A pesar de este desahogo del sector externo, la economía doméstica muestra un marcadísimo estancamiento. Mientras las actividades extractivas y primarias —agro, minería y energía— crecieron un 11% desde febrero de 2025, los sectores intensivos en mano de obra como la industria, el comercio y la construcción sufrieron un retroceso del 0,9%. Esta dualidad derivó en la pérdida de aproximadamente 533.000 empleos formales desde el inicio de la gestión de Javier Milei, al tiempo que la inversión privada no logra perforar el umbral del 15% del PBI.
El diagnóstico de esta desconexión radica en la naturaleza de la política de estabilización. La combinación de un tipo de cambio apreciado, tasas de interés reales elevadas y una base monetaria prácticamente congelada logró desacelerar la inflación mensual desde el 25% inicial hasta la zona del 2%, pero a costa de enfriar la demanda agregada. Aunque los salarios en dólares registran valores altos en términos históricos, el ingreso disponible familiar se encuentra asfixiado: la masa salarial debe destinarse en cerca de un 40% a cubrir gastos fijos en servicios públicos y financiamiento de deudas, anulando la tracción sobre el consumo.
A este escenario interno se le suma una restricción financiera global insoslayable. La revolución de la inteligencia artificial y el déficit de los países desarrollados están absorbiendo el ahorro mundial, manteniendo el costo global del capital en niveles elevados con tasas estadounidenses cercanas al 4,8%. Con un riesgo país que aún supera los 500 puntos básicos y rendimientos soberanos en torno al 10%, Argentina cuenta con dólares comerciales pero no logra financiamiento barato, enfrentando la incógnita de cómo transformar el auge primario-exportador en desarrollo productivo e inclusión laboral.

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